Traduzco y resumo aquí un artículo que he leído en un blog francés que, aunque referido a la política francesa en la materia, puede ser extensible a cualquier país en lo que son sus principios básicos.
Francia presenta una situación particular en lo que se refiere al peso (enorme) de la energía nuclear en su mix energético; hay quien afirma que ello hace imposible, por inamovible, cualquier despliegue estratégico de atenuación del cambio climático. Y esto se puede aplicar en mayor o menor grado a muchos países desarrollados: La sensibilidad de la población respecto a estos problemas es mínima debido, por un lado, a la situación de confort aportada por las políticas energéticas actuales y, por otro, a la información parcial, y hasta tendenciosa, que se le hace llegar por los medios de comunicación tradicionales.
Y, sin embargo, hay razones que justifican ampliamente la necesidad de un compromiso de dar por finalizada la "era nuclear" en lo que se refiere a la generación de energía. En primer lugar, los "riesgos de accidentes catastróficos", pequeños pero no nulos, pero también los efectos de esta forma de generación sobre nuestra salud, nuestra sociedad y nuestros descendientes.
En cuanto se estudian mínimamente los informes de comisiones internacionales y las preocupaciones de las Administraciones en todo el mundo, se cae en seguida en la cuenta de la posible amplitud de los desastres nucleares. Surge siempre la misma pregunta: ¿Cómo gestionar una catástrofe de este tipo? Pero no pensando en primer lugar en las consecuencias sanitarias sino en el desastre económico y en las reacciones populares.
No estamos hablando aquí de los riesgos industriales clásicos que finalmente pueden ser gestionados por tecnócratas con una cierta facilidad sino de posibles catástrofes fuera de toda medida y que generan situaciones de extrema urgencia.
Los desechos de la industria nuclear plantean otro problema, el de las generaciones futuras. Hemos aceptado sin gran resistencia una forma de generación que genera basura con efectos durante milenios y sobre la que no hay vías de eliminación o atenuación. Estamos pasando a nuestros descendientes una carga que no han querido y es por ello que parar la producción de estos desechos (y la producción electronuclear) es prácticamente una obligación moral.
En función de lo dicho hasta aquí, la salida de la producción nuclear debe ser planteada con urgencia. Los medios necesarios y los plazos posibles deben ser confrontados con la magnitud de las consecuencias de un accidente. No hay aspecto económico, ni de amortización de activos ni cualquier otro, que, desde el punto de vista de los principios morales, llegue a poner en cuestión esta afirmación.
Se puede plantear la utilización masiva de plantas operativas de generación térmica a partir de combustibles fósiles, solución no deseable pero sí la única posible a corto plazo. Y a medio y largo plazo, hacer crecer el parque de instalaciones de generación a partir de fuentes renovables de todo tipo, cada vez más competitivas y en las que los nuevos desarrollos tecnológicos son constantes.
Y, para terminar, no hay que dejar de lado los enormes progresos posibles en materia de eficiencia energética, sobre todo en edificación y transporte. Viene aquí a cuento la frase lapidaria, creo recordar que de un antiguo presidente de Unión Fenosa, que dice que "el mejor kilowatio-hora es el que no es necesario que se produzca"
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