miércoles, 21 de octubre de 2015

Gases de efecto invernadero. El metano


Seguro que todos hemos oído hablar del CO2 como el gas causante del efecto invernadero y, en consecuencia, del cambio climático que indudablemente se vislumbra si no hacemos nada definitivo para atajarlo. Pues bien, resulta que no es el único gas que produce ese fenómeno, ni el más perjudicial, aunque sí es el que se emite en mayor volumen a día de hoy con gran diferencia.

Vamos a hablar hoy del metano, el segundo gas que más contribuye al efecto invernadero formando parte de tierras húmedas, vertederos, combustibles fósiles, arroceras, emisiones de animales rumiantes y combustión de biomasa.

Sus emisiones respecto de las de dióxido de carbono son mucho menores, pero la influencia en el calentamiento global es muy superior a la de este último. Según estadísticas, el metano es el causante de una tercera parte del calentamiento global final; la ventaja, si se puede llamar así, es su corto ciclo de vida, ya que no perdura en la atmósfera por más de 10 ó 15 años.

Merece la pena citar aquí varios problemas ligados al metano que están apareciendo en estos últimos tiempos en todo tipo de publicaciones.

Uno es el de los posibles problemas de emisiones de metano producidos por explotaciones de fracking (sí, el fracking una vez más). Hay estudios que empiezan a concluir que efectivamente hay una relación directa entre estas técnicas y las emisiones de metano a la atmósfera y que hasta ahora dichas emisiones no habían sido medidas debidamente. Por otro lado, hay también sospechas de que los pozos de fracking explotados y abandonados pueden servir como conductos de emisión para el metano.

El segundo asunto que quiero citar hoy es el del "descubrimiento" de los hidratos de metano como una nueva fuente de energía escondida en los lechos marinos de medio mundo; ya son varios los países que han emprendido una especie de carrera por ser el primero en obtener la tecnología necesaria para aprovecharla y, de momento, Japón está en cabeza y podría empezar a explotarla ya en la próxima década. Las reservas de hidratos de metano (una suerte de metano congelado en forma de hielo: moléculas de gas metano atrapadas en moléculas de agua congelada) superan las de petróleo, gas natural y carbón juntas, pero su explotación conlleva riesgos importantes.


Los depósitos submarinos concentran la inmensa mayoría de las reservas conocidas: acumulan cerca del 98% del total, frente al 2% identificado en tierra firme cerca del Ártico. Además, su intensidad energética es muy superior a la del gas metano convencional: un metro cúbico de hidrato de metano equivale a 164 metros cúbicos de gas metano.

Os podéis imaginar las ansias de muchas empresas energéticas por hincarle el diente cuanto antes a este pastel tan goloso. Las dificultades técnicas y tecnológicas para su explotación segura y comercialmente rentable no se han superado, destacando entre ellas sobre todo el riesgo de alteración de la estructura de los hidratos durante los trabajos de extracción, que puede desestabilizar el propio lecho marino, provocando grandes corrimientos del suelo y facilitando la liberación del metano a la atmósfera.

Algunos científicos alertan de un peligroso círculo vicioso entre el metano y el cambio climático. Y es que los peores pronósticos apuntan a que el calentamiento global podría elevar la temperatura de los océanos y descongelar el suelo ártico hasta el punto de descomponer los hidratos y liberar de forma natural el metano a la atmósfera, con lo que se agravaría el cambio climático hasta límites trágicos. Sin embargo, la catástrofe parece improbable. Estudios recientes indican que la mayoría de los depósitos de hidratos de metano en el mundo pueden mantenerse estables durante los próximos mil años.

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